Mucho antes de que los mamíferos modernos dominaran la Tierra, su lugar fue habitado por criaturas extrañas y fascinantes. Entre estas especies se encontraban los cinodontes, un grupo variado que se relaciona estrechamente con la evolución de los mamíferos. Recientemente, Chiniquodon theotonicus, una especie que vivió hace aproximadamente 236 millones de años, ha cobrado protagonismo en una investigación que desafía la creencia convencional sobre la reproducción de nuestros antepasados. Según este estudio, la reproducción vivípara podría haber surgido mucho antes de lo pensado, planteando que estos antiguos animales podrían haber dado a luz a crías vivas en lugar de poner huevos, como se había asumido hasta ahora.
El fósil analizado proviene de la Formación Chañares, en Argentina, un yacimiento crucial para la comprensión de los ecosistemas del Triásico. Este ejemplar en particular, identificado como CRILAR-PV109, es uno de los más grandes de su especie encontrado en la región y presenta un estado de conservación excepcional. Los investigadores concentraron su análisis en el fémur y el cúbito, donde hallaron una interesante evidencia: la preservación de tejidos óseos que normalmente se destruyen durante el crecimiento. Este peculiar hallazgo sugiere que parte de la estructura ósea de Chiniquodon conservó un registro de su etapa embrionaria, lo que proporciona pistas sobre su forma de reproducción.
Al estudiar más detenidamente la interfase entre los tejidos óseos embrionarios y los más desarrollados, los científicos descubrieron que existía una clara separación en las características de ambos. Esta frontera podría señalar el momento en que el animal dio su primer aliento al exterior. Sin embargo, el hecho de que dicha marca se haya encontrado no resuelve automáticamente la cuestión; una alteración similar podría suceder tanto en un nacimiento como en una eclosión de un huevo. Para despejar esta incógnita, los investigadores recurrieron a analizar la proporción del tamaño de las crías en relación con el adulto, lo que llevó a descubrimientos sorprendentes.
Las estimaciones apuntan a que Chiniquodon alcanzaba los 12 kilos de adulto y que su cría, en el momento marcado por el tejido óseo, pesaba aproximadamente 1,68 kilos. Este dato resulta significativo: tal proporción de tamaño entre madre e hijo se asemeja más a lo que se observa en los mamíferos placentarios actuales que en marsupiales, monotremas o reptiles contemporáneos de tamaño comparable. Estas comparaciones, apoyadas por una amplia base de datos de mamíferos actuales, fortalecen la hipótesis acerca de un nacimiento vivíparo en Chiniquodon, abriendo la discusión sobre la primitiva evolución de la viviparidad en el linaje de los mamíferos.
A pesar de los hallazgos concretos, los autores del estudio advierten que no se han resuelto todas las preguntas sobre la ocupación histórica de crías vivas en el árbol evolutivo. Mientras que la viviparidad podría haberse originado con Chiniquodon, las formas actuales de reproducción que involucran la placenta y el desarrollo embrionario siguen siendo complejos de descifrar. Además, el hallazgo plantea interrogantes sobre cómo los monotremas encajan en esta narrativa evolutiva, ya que ellos ponen huevos. Así, los científicos presentan dos posibilidades sobre el origen de la viviparidad: pudo haber aparecido de forma independiente en distintos linajes o haberse perdido entre ellos. La historia de Chiniquodon ha comenzado a reescribirse, enviándonos una invitación fascinante a explorar un periodo de la prehistoria muy remoto.




