La reciente publicación de Miguel Ángel Sabadell, «En busca de vida fuera de la Tierra», ha avivado el debate sobre la posibilidad de que los seres humanos logren entender a una civilización extraterrestre. Mientras algunos sostienen que la nave 3I/ATLAS podría arribar a nuestro planeta con intenciones hostiles este noviembre, faltan pruebas sólidas que comprueben tales afirmaciones. De hecho, esta situación ofrece un momento propicio para reflexionar sobre la capacidad comunicativa que tendríamos con seres de otros mundos. Sabadell no solo presenta evidencias de la existencia potencial de vida más allá de nuestro planeta, sino que también cuestiona nuestras hipótesis sobre las formas en que podríamos establecer contacto e intercambio cultural con entidades completamente ajenas a nuestra realidad.
La última actividad de simulación de contacto extraterrestre entre humanos, ocurrida en febrero de 1992, expone las complicaciones inherentes a la comunicación interplanetaria. En el experimento, los dos equipos, humano y extraterrestre, fallaron en la transmisión debido a la incompatibilidad entre sus sistemas informáticos. Este incidente revela que, si ya enfrentamos desafíos para intercambiar información entre dos plataformas tecnológicas distintas, la comunicación con seres de una inteligencia nunca antes experimentada puede plantear retos aún más complejos. El zoólogo Arik Kershenbaum comparte una inquietud significativa: si no podemos reconocer formas de comunicación en otras especies terrenales, ¿cómo podríamos descifrar posibles mensajes de civilizaciones alienígenas?
Un aspecto crucial en la interpretación de posibles comunicaciones extraterrestres es la universalidad de la ciencia y las matemáticas. Cientos de años de exploración científica han llevado a muchos a creer que compartiríamos un código común con seres inteligentes. Sin embargo, este optimismo es cuestionado. Por ejemplo, el trabajo del matemático Hans Freudenthal, quien creó el lenguaje LINCOS, busca un sistema de comunicación que trascienda las diferencias culturales. Aun así, hay que recordar que la astrobiología nos aleja de suposiciones antropomórficas; otras civilizaciones pueden concebir y utilizar su propia ciencia de formas completamente distintas a las nuestras, con paradigmas que ni siquiera podríamos imaginar.
A medida que profundizamos en la comprensión de nuestra propia diversidad cultural y científica, los intelectuales advierten sobre los peligros de imponer nuestra estructura de conocimiento sobre posibles civilizaciones extraterrestres. El historiador de la ciencia George Basalla destaca que la ciencia es una construcción cultural que podría no existir en otras partes del universo. Testimonios de culturas como la de los pirahã, que carecen de numeración precisa, enfatizan que contar, una actividad que asumimos omnipresente, no es necesariamente compartida universalmente. Esta diversidad implica que el avance de la ciencia no es una necesidad para la supervivencia de una especie, lo que nos lleva a cuestionar la viabilidad de la noción de una ciencia universal.
Nicholas Rescher, filósofo de la ciencia, argumenta que la ciencia alienígena podría no ser funcionalmente equivalente a la nuestra debido a sus raíces en contextos culturales únicos. Rescher argumenta que, al intentar concebir la ciencia de posibles civilizaciones, debemos tener presente su perspectiva cognitiva, su orientación y la formulación matemática que utilicen. Esto implica que cualquier conocimiento científico que pudiéramos compartir sería, en última instancia, una construcción influenciada por nuestras propias experiencias y perspectivas. Así, los diálogos sobre ciencia y comunicación intergaláctica deben comenzar a reconocer las limitaciones de nuestro entendimiento, planteando una imagen más pluralista sobre la diversidad de conocimientos que podríamos encontrar en el vasto universo.




