En los últimos días, los habitantes de Granada y su entorno metropolitano han estado viviendo una experiencia que les resulta inquietantemente familiar: un tintineo repentino en la cristalería, una sacudida seca bajo los pies y ese rumor sordo que parece emerger del pavimento. La Red Sísmica Nacional del Instituto Geográfico Nacional (IGN) ha registrado cientos de pequeños terremotos en un corto periodo, concentrando la mayor parte de los epicentros en localidades de la Vega como Alhendín, Santa Fe, Atarfe o Dílar. Aunque la mayoría de estos eventos tienen magnitudes inferiores a 2 y son imperceptibles, los sismos más significativos han alcanzado hasta magnitudes de 4,8, provocando que varios ciudadanos se despierten de su sueño y que las autoridades reactiven los planes de protección civil en fase de preemergencia.
La reciente secuencia de temblores ha atraído de nuevo la atención geológica hacia una de las zonas más sísmicamente activas de la península ibérica. Un fenómeno conocido como enjambre sísmico se ha apoderado de la conversación pública, pero la definición exacta de este término es objeto de estudio por parte de la comunidad científica. La incesante actividad sísmica en la Vega de Granada se debe a la red de fallas que caracteriza esta región, donde la energía se distribuye en pequeños movimientos en lugar de descargar de una sola vez en un gran terremoto. Los geofísicos están investigando cómo estas pequeñas sacudidas son causadas por el movimiento de fallas situadas a pocos kilómetros bajo la superficie, haciendo que la tierra siga temblando de manera periódica.
Para entender lo que realmente ocurre bajo nuestros pies, es crucial despejar las ideas preconcebidas sobre los terremotos. Tradicionalmente, se asocia un terremoto con un evento principal que desencadena una serie de réplicas decrecientes, pero en el caso de un enjambre sísmico, no existe un evento destacado. Aquí, la corteza terrestre libera su tensión a través de múltiples deslizamientos menores que pueden prolongarse a lo largo de días o incluso meses. Los sismólogos del Instituto Andaluz de Geofísica están realizando un seguimiento para determinar si la serie actual se comporta como un enjambre o si es una secuencia de eventos que siguen patrones diferentes.
La razón por la cual estos sismos se sienten tan intensamente en Granada radica en la escasa profundidad de los hipocentros, que se sitúan a menos de diez kilómetros de la superficie. Este aspecto geológico provoca que las ondas sísmicas recorran distancias cortas antes de afectar a las edificaciones. Un terremoto de magnitud 4 localizado a pocos kilómetros de profundidad puede producir una aceleración del suelo notablemente perceptible, superando frecuentemente los umbrales de alarma de sismos de mayor magnitud pero con epicentros más lejanos. Todo ello indica que la posición geográfica de Granada la coloca en un lugar propenso a vivir estas experiencias sísimicas.
La historia de Granada no es ajena a fenómenos sísmicos semejantes, habiendo registrado crisis sísmicas notables en el pasado. Durante 2021, por ejemplo, se contabilizó más de mil temblores en la región, perturbando la tranquilidad de sus habitantes y causando daños materiales. En el contexto más amplio de la península, otros enjambres como los de Torreperogil y Sabiote han desconcertado a los expertos en épocas recientes. A pesar de las similitudes y las discusiones científicas en torno a la actividad sísmica, se subraya que en Granada no hay actividad volcánica involucrada en estos eventos, sino que es la tectónica de placas la que está en juego. La clave para convivir con esta realidad sísmica reside en la continua monitorización y en la implementación de medidas de construcción sismorresistente.




