Un reciente estudio ha puesto en tela de juicio la teoría del ojo colaborativo, formulada por el conocido psicólogo Michael Tomasello. Esta teoría sostenía que el blanco de los ojos, o esclerótica, clara en los seres humanos, era un rasgo evolutivo distintivo que facilitaba la comunicación y el seguimiento de la mirada entre individuos. Sin embargo, las investigaciones realizadas por Hiromi Kobayashi y Shiro Kohshima, que clasificaban los ojos en «visibles» y «poco visibles», habían creado una narrativa que ahora parece ser demasiado simplista. Los ojos de los humanos, con su notable contraste, supuestamente facilitarían la detección de lo que otras personas miran, un componente clave en el desarrollo de habilidades sociales complejas.
El seguimiento de la mirada es un fenómeno que ocurre de manera natural en las interacciones humanas; cuando una persona dirige su mirada hacia un objeto o un lugar, las demás instintivamente miran en esa misma dirección. Este proceso es fundamental no solo para la comunicación cotidiana sino también para la formación de la atención conjunta, un cimiento sobre el cual se construyen habilidades sociales y lingüísticas. La evolución de la esclerótica clara en los humanos, según la hipótesis original, se interpretaba como un rasgo que diferenciaba a los humanos de otros primates, potencialmente abriendo caminos a nuevas formas de cooperación.
Sin embargo, un nuevo análisis crítico del trabajo de Kobayashi y Kohshima ha revelado que, aunque la esclerótica humana presenta un alto contraste, no es la más clara dentro del espectro de variación que encontramos entre los primates. A través de mediciones digitales de fotografías de ojos de diferentes especies, el estudio muestra que la categorización de los ojos en visibilidad puede ser errónea y perjudicial para nuestra comprensión de la evolución humana. Esto echa por tierra la noción de que la esclerótica homogéneamente clara es un rasgo exclusivo de los humanos, sugiriendo que la diversidad entre las escleróticas de los primates puede ser más extensa de lo que se había considerado previamente.
Recientemente, algunas investigaciones han intentado dar un nuevo impulso a la hipótesis del ojo colaborativo. Fumihiro Kano, por ejemplo, propone que no solo la falta de pigmento, sino la homogeneidad en la claridad de la esclerótica entre los humanos, sería la característica clave distintiva. No obstante, una crítica sostiene que estas reevaluaciones se basan en muestras restrictivas que principalmente provienen de poblaciones urbanas de Eurasia, ignorando así la notable variabilidad en la coloración de la esclerótica presente en comunidades indígenas o rurales, que reflejan mejor los rasgos ancestrales humanos.
En términos de salud y representación, este enfoque limitado no es nuevo. La exclusión de grupos diversos de investigaciones científicas ha llevado a descripciones erróneas y, en algunos casos, a resultados peligrosos. Un ejemplo desalentador es el de Paula Upshaw, quien sufrió un infarto a los 34 años y no recibió la atención médica adecuada, lo que destaca una tendencia en la investigación médica a basarse en modelos masculinos. Para lograr avances significativos y realmente inclusivos en el estudio de la biología humana, es urgente una reevaluación de las muestras utilizadas en investigaciones, asegurando que se refleje la diversidad que caracteriza a nuestra especie.




