En la era digital actual, no es raro que las personas busquen consuelo no en los brazos de un amigo o en la leal compañía de una mascota, sino en la conversación con una inteligencia artificial (IA). Un estudio reciente, dirigido por los psicólogos Fan Yang y Atsushi Oshio, revela la creciente tendencia de depender emocionalmente de aplicaciones como ChatGPT. Este fenómeno plantea interrogantes profundos sobre cómo percibimos nuestras relaciones con estas tecnologías. Más de 75% de los participantes en la investigación reconocen la IA como un «refugio seguro» en momentos de angustia, lo que sugiere que, en lugar de ser meras herramientas, están empezando a ocupar un lugar significativo en la vida emocional de las personas.
La investigación se basa en la teoría del apego, tradicionalmente ligada a relaciones humanas y con animales. Esta teoría sostiene que buscamos apoyo emocional y seguridad en figuras significativas, que pueden ahora incluir a la inteligencia artificial. Yang argumenta que las IA generativas como ChatGPT ofrecen no solo respuestas informativas, sino también una sensación de seguridad, especialmente en tiempos de incertidumbre o tristeza. Los resultados del estudio indican que estos sistemas pueden cumplir funciones fundamentales de apego: cercanía, refugio emocional y una base segura para explorar el mundo, desafiando la noción clásica de cómo nos conectamos emocionalmente.
Un experimento específico analizó la forma en que los participantes se relacionan con la IA, descubriendo que un notable 52% de ellos buscaba cercanía con el sistema y el 77% utilizaba esta tecnología como un refugio emocional. Estas dinamicidades desafían las nociones tradicionales de la reciprocidad emocional, ya que las IA no poseen emociones y su potencial para abandonarnos es nulo. La constante disponibilidad y el tono empático generado por la IA crean la ilusión de una conexión auténtica, estableciendo un nuevo paradigma respecto a lo que constituye un vínculo afectivo.
La escala Experiences in Human-AI Relationships Scale (EHARS) desarrollada por los investigadores permite medir cómo diferentes estilos de apego se manifiestan en las interacciones con la IA. Este enfoque revela que algunas personas, al sentir ansiedad respecto a la cercanía, se vuelven dependientes de la IA para obtener un apoyo emocional recurrente, mientras que otros pueden adoptar una postura más distante y evitativa. Estos patrones no necesariamente se replican en las relaciones humanas, lo que resalta cómo las relaciones con inteligencia artificial pueden ser únicas y poseer sus propias reglas.
El estudio no sólo tiene implicancias académicas; también tiene consecuencias prácticas significativas en el desarrollo de futuras tecnologías. Comprender cómo las personas forman vínculos emocionales con la IA puede guiar la creación de sistemas que sean más empáticos y adaptables a las necesidades de los usuarios. Sin embargo, este nuevo paisaje tecnológico podría generar dilemas éticos sobre la simulación de afecto por parte de las máquinas y las posibles dependencias emocionales que podrían surgir. A medida que nos adentramos en un mundo donde la IA se integra de manera más profunda en nuestras vidas, es crucial reconocer y analizar los efectos psicológicos que estas relaciones pueden tener, no sólo en la salud mental individual, sino en la naturaleza de nuestras interacciones humanas.




