Extremismo violento: ¿Defensa o conquista? Un análisis profundo

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Una nueva investigación internacional publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences ha sacudido la percepción común sobre el extremismo violento. Mientras muchos lo han considerado como un fenómeno monolítico, este estudio revela que, en realidad, se divide en dos motivaciones psicológicas distintas: el extremismo defensivo y el ofensivo. Coordinado por investigadores de diversas instituciones y liderado por Jonas R. Kunst de la BI Norwegian Business School, el trabajo analizó datos de 18,128 participantes en 58 países. El hallazgo principal subraya que el extremismo defensivo es visto de manera más legítima y aceptable que el ofensivo, lo que transforma la conversación sobre la violencia entre grupos en un contexto global cargado de matices y significados complejos.

Los resultados del estudio revelan que el extremismo defensivo, que se justifica como una forma de proteger a un grupo ante amenazas percibidas, fue respaldado en 56 de los 58 países analizados. Esta tendencia a considerar la violencia defensiva como más legítima que la ofensiva indica una asimetría moral significativa en nuestras percepciones. En un mundo saturado de discursos que enfatizan las victimizaciones, el extremismo defensivo podría convertirse en un potente mecanismo de legitimación, abonando el terreno para que actos violentos sean vistos como responder a agresiones, más que como ambiciones de dominio.

Además, la investigación propone un análisis psicológico que desafía las simplificaciones sobre quienes se sienten atraídos por cada forma de extremismo. Los individuos con altos niveles de narcisismo mostraron una marcada inclinación hacia el extremismo defensivo, sugiriendo que pueden manipular la narrativa protectora para justificar su comportamiento. Contrariamente, el extremismo ofensivo se asocia con un deseo de dominación y fundamentalismo religioso. Estos hallazgos nos invitan a examinar a fondo qué factores psicológicos alimentan cada tipo de violencia, lo que resulta crítico para abordar la radicalización eficazmente.

Otro aspecto sorprendente de la investigación es la correlación entre identificación política y predisposición hacia el extremismo. Se constató que los individuos con tendencias liberales mostraron más inclinaciones hacia el extremismo ofensivo y menores hacia el defensivo. Esta revelación, aunque no implica un juicio general sobre ideologías políticas, añade una capa de complejidad al debate público sobre radicalización, sugiriendo que las motivaciones tras el extremismo no siempre se alinean con las nociones políticas comunes.

La conexión entre el extremismo y la disfunción social es quizás la más inquietante de las conclusiones del estudio. El extremismo ofensivo se vincula a signos de deterioro social, como el terrorismo político y los conflictos internos, mientras que el extremismo defensivo no muestra el mismo patrón. Esto resalta la necesidad de adoptar enfoques diferenciados en las políticas de prevención del extremismo, donde es primordial desmontar narrativas de amenaza en un caso y confrontar imaginarios de superioridad en otro. La violencia, como advierte el estudio, no siempre se asoma con su verdadero rostro; en ocasiones llega disfrazada de protección, y comprender estas sutilezas es esencial para combatirla eficazmente.

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