Hace aproximadamente 12 millones de años, adentrarse en las aguas de lo que hoy conocemos como Colombia podía ser un acto de riesgo mortal. En aquel paisaje tropical, enormes mamíferos coexistían con un feroz depredador: **Purussaurus neivensis**, un gigantesco pariente de los caimanes actuales. Este reptiles prehistórico tenía la habilidad de desafiar a presas que pesaban más de una tonelada. Hasta ahora, nuestra comprensión de este depredador se basaba principalmente en reconstrucciones ecológicas. Sin embargo, un reciente estudio publicado en el *Journal of Vertebrate Paleontology* ha revelado una evidencia más concreta: las huellas dentales que dejó este temible cazador sobre los huesos de sus presas potenciales, proporcionando una visión fascinante de la dinámica depredador-presa en el Mioceno medio.
El estudio se centró en cuatro fósiles de grandes ungulados encontrados en La Venta, en la región de Huila, Colombia. Entre estos, un cráneo, un fémur y dos mandíbulas exhiben marcas que son indicativas de encuentros violentos. Estos fósiles pertenecen a individuos importantes como **Pericotoxodon platignathus** y dos astrapoterios, **Xenastrapotherium kraglievichi** y **Granastrapotherium snorki**, todos capaces de alcanzar un tamaño considerable. Las perforaciones y fracturas observadas en los huesos sugieren que **Purussaurus neivensis**, con estimaciones que lo colocan cerca de los 7 metros y más de 1,700 kilogramos, era un depredador formidable que podía atacar a presas de su mismo tamaño o incluso mayores.
Una de las evidencias más impactantes proviene del cráneo de **Pericotoxodon**, que presenta una gran perforación atribuible a una mordida de **Purussaurus**. Este cráneo, junto a otras evidencias encontradas en los huesos de los otros ungulados, proporciona información valiosa sobre la fuerza de mordida de este depredador. Utilizando medidas de las marcas y la resistencia estimada del hueso, los investigadores calcularon que **Purussaurus** podría haber ejercido fuerzas de mordida superiores a los 80,000 newtons, una magnitud capaz de atravesar el cráneo de sus víctimas. Estas cifras muestran lo impresionante y aterrador que era este depredador de su época.
El estudio también explora el patrón de las heridas. Muchos de los daños se concentran en el cráneo y las mandíbulas, lo que sugiere que **Purussaurus** pudo haber utilizado emboscadas para capturar a sus presas, un comportamiento observado en los cocodrilos actuales. Sin embargo, la diferencia fundamental radica en que **Purussaurus neivensis** era significativamente más pesado que los cocodrilos contemporáneos, lo que le daba una ventaja aún mayor en la manipulación de presas grandes. Aunque el estudio no pudo determinar si las marcas eran resultado de caza o carroñeo, la similitud con los patrones de depredación actuales sugiere que la mayoría de los encuentros fueron de naturaleza depredadora.
Este descubrimiento no solo proporciona información sobre las interacciones entre depredadores y presas, sino que también revela una complejidad en la ecología de su tiempo. Antes del Gran Intercambio Biótico Americano, Sudamérica albergaba una diversidad de crocodiliformes que competían por presas con mamíferos y aves. El hallazgo sugiere que los grandes cocodrilos actuaban como superdepredadores en un ecosistema donde los mamíferos, a pesar de su tamaño, no estaban automáticamente protegidos. La imagen que se perfila es la de un mundo en el que un ungulado grande podía convertirse en presa de un depredador reptiliano, ilustrando las dinámicas de un ecosistema antiguo que eran, sin duda, extremadamente complejas y competitivas.




