En 2015, cuando se firmó el Acuerdo de París, la comunidad global se comprometió a mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de los 2 °C, siendo 1,5 °C el objetivo más ambicioso que todos deseaban alcanzar. Sin embargo, el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), titulado Emissions Gap Report 2025, revela que este sueño es cada vez más inalcanzable. A medida que se acerca el final de esta década, el horizonte climático se oscurece, y se confirma que es prácticamente inevitable que la temperatura global supere el umbral crítico de 1,5 °C. Estos hallazgos no solo reflejan una proyección desalentadora, sino que representan una advertencia contundente sobre la urgencia de tomar medidas efectivas y rápidas para revertir esta tendencia alarmante.
El informe, que lleva por título Off Target, es más que una simple evaluación de las emisiones actuales. Se convierte en una señal de alarma sobre las consecuencias de la inacción. Los datos indican que, incluso en el escenario más optimista que contempla la implementación total de compromisos climáticos vigentes, la temperatura de la Tierra se elevará entre 2,3 y 2,5 °C para el año 2100. Si la comunidad internacional continúa en su rumbo actual, podría experimentar un aumento de hasta 2,8 °C, un escenario devastador que traerá consigo riesgos inminentes de fenómenos climáticos extremos, colapsos ecológicos y crisis sociales. El planeta se encuentra en una encrucijada, y queda poco tiempo para cambiar de rumbo.
A pesar de que en la superficie parece haber habido algún progreso, como la leve disminución de las proyecciones de calentamiento, este cambio es más un espejismo que un verdadero avance. Las mejoras son el resultado de revisiones metodológicas más que de nuevas políticas efectivas. La reciente retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París ha puesto en riesgo cualquier pequeño logro. Las proyecciones más recientes sugieren que podríamos estar muy cerca de alcanzar 1,9 °C antes de 2030, subrayando la necesidad urgente de revisar y fortalecer los compromisos climáticos, que en su mayoría son insuficientes e insuficientemente actualizados.
Aunque la ventana para la acción aún no está completamente cerrada, el tiempo se agota. El informe sugiere que, con un esfuerzo concertado, se puede evitar que el aumento de la temperatura global se vuelva permanente. Para lograrlo, se requiere una reducción del 26 % de las emisiones para 2030 y un 46 % para 2035, siempre en comparación con los niveles de 2019. Este desafío implica transformaciones radicales en todos los sectores, desde la energía hasta la agricultura. Afortunadamente, existen tecnologías y estrategias disponibles que pueden facilitar este cambio; lo que falta es la voluntad política y la colaboración internacional para implementar soluciones efectivas y sostenibles.
Los países del G20, responsables de alrededor del 77 % de las emisiones globales, tienen una responsabilidad clave en este contexto. Sin embargo, hasta ahora, solo unos pocos han presentado metas climáticas actualizadas para 2035. A esto se suma el hecho de que las emisiones de los miembros del G20 crecieron en 0,7 % en 2024, lo que indica que el compromiso frente a la crisis climática sigue siendo insuficiente. Además, el informe destaca la necesidad urgente de apoyar a los países en desarrollo con financiamiento, transferencia tecnológica y acciones concretas que promuevan la justicia climática. La transición hacia un futuro sostenible no solo es un imperativo ético, sino también una oportunidad para estimular el crecimiento económico y mejorar la calidad de vida de las poblaciones más vulnerables.




