Leona Woods: La única mujer en la era nuclear

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En el vasto panorama de la historia de la ciencia, algunos nombres resuenan con fuerza, como si fueran los únicos responsables de los grandes hitos. Sin embargo, entre estos relatos predominantes, se encuentran figuras que, aunque esenciales, han permanecido en las sombras. Este es el caso de Leona Woods, una joven física que, el 2 de diciembre de 1942, se convirtió en la única mujer presente durante el momento crucial en que se activó el primer reactor nuclear de la historia en Chicago. En una época caracterizada por la exclusión de las mujeres en campos como la física, Woods se erigió como una pionera, planteando inquietudes sobre las implicaciones de su trabajo, como cuando interpeló a su colega Enrico Fermi sobre el momento en que debían comenzar a temer las consecuencias de su investigación.

Nacida el 9 de agosto de 1919 en Illinois, Leona Woods sobresalió desde joven en el ámbito académico. Se graduó de la universidad a los 18 años y, a los 23, ya había obtenido su doctorado. Contra las advertencias de profesores renombrados como el Nobel James Franck, quien le comunicó que las oportunidades para una mujer en la física eran escasas, Woods persistió y se unió al equipo de Robert Mulliken. Con habilidades excepcionales en tecnología de vacío y detectores de partículas, se integró al proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial, un esfuerzo que cambiaría el rostro de la ciencia moderna. Su investigación doctoral se centró en la silicio, situándola en la vanguardia de la física emergente.

La jornada del 2 de diciembre de 1942 fue un hito en la ciencia; en el sótano del estadio Stagg Field, Fermi y su equipo lograron la primera reacción nuclear autosostenida. Con su notable capacidad, Woods tuvo un papel crucial en la calibración y construcción de detectores de neutrones. Su trabajo fue clave para verificar que el reactor estaba operando correctamente. Pese a estar embarazada, continuó trabajando sin que muchos en el equipo lo supieran, mostrando una dedicación admirable ante un entorno que no solo era técnico, sino también adverso para las mujeres. Su historia es un recordatorio de la tenacidad que las científicas han mostrado en un mundo predominantemente masculino.

Uno de los momentos decisivos en la carrera de Woods ocurrió en Hanford, donde contribuyó a resolver un apagón misterioso de un reactor. Mientras otros expertos consideraban que el problema radicaba en una pérdida de agua, Woods introdujo la teoría de que el xenón-135, un veneno radiactivo, había apagado la reacción nuclear. Esta idea innovadora no solo iluminó el camino hacia la producción continua de plutonio, sino que también subrayó su aguda capacidad analítica y su disposición para desafiar las nociones convencionales. Recordemos que este hallazgo fue vital para el desarrollo de las bombas que se utilizarían en Japón, lo que ha provocado debates éticos sobre los impactos de su trabajo.

A pesar de su notable contribución al programa nuclear, Leona Woods no solo se definió como científica, sino también como madre y defensora del medio ambiente. Tras su etapa en la física nuclear, se reorientó hacia la ecología, convirtiéndose en pionera en dendroclimatología. Su pasión por comprender el cambio climático la llevó a desarrollar técnicas innovadoras utilizando anillos de los árboles. A lo largo de su carrera, escribió más de 200 artículos y defendió la irradiación de alimentos como una alternativa viable a los métodos agrícolas tradicionales. Su autobiografía, «The Uranium People», no solo documenta sus descubrimientos científicos, sino también las complejidades de ser una mujer en un campo históricamente masculino. Leona Woods dejó un legado duradero, recordándonos el papel crítico que las mujeres han jugado en la ciencia.

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